Durante años, productos como la lejía, el amoniaco o el salfumán han sido habituales en la limpieza. De hecho, muchas personas siguen asociando este tipo de productos con una limpieza más eficaz, y todavía existen hoteles que continúan utilizándolos en determinadas áreas.
Sin embargo, en la operativa hotelera actual, su uso es prácticamente inexistente.
No es una cuestión de tendencia. Es una cuestión de normativa.
El punto de inflexión se sitúa en torno a 2006, con la entrada en vigor del Reglamento europeo REACH (CE nº 1907/2006). A partir de ese momento, el uso de sustancias químicas en entornos profesionales deja de ser libre. Ya no basta con que un producto limpie, hay que evaluar su riesgo, controlar su uso y garantizar la seguridad de quien lo utiliza.
Esto afecta directamente a:
- Lejía (hipoclorito sódico)
- Amoniaco
- Salfumán (ácido clorhídrico)
No se prohíben, pero pasan a considerarse sustancias que deben utilizarse bajo control y con justificación.
Posteriormente, el Reglamento CLP (CE nº 1272/2008) refuerza esta línea al clasificarlos como productos peligrosos. A partir de aquí, su uso implica:
- Medidas de seguridad
- Formación del personal
- Control en su manipulación
En España, la Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales introduce el principio que explica todo este cambio: evitar riesgos y sustituir lo peligroso por lo que entrañe poco o ningún peligro.
A esto se suma el Real Decreto 374/2001 sobre agentes químicos, que obliga a:
- Reducir al mínimo la exposición
- Controlar el uso de sustancias peligrosas
No se trata de que estos productos estén prohibidos. Se trata de que su uso debe ser puntual, justificado y controlado.
Y ahí es donde dejan de encajar en la operativa diaria de un hotel.
Porque más allá de la normativa, presentan problemas evidentes. Generan vapores irritantes, pueden resultar peligrosos si se mezclan, dañan determinadas superficies y son difíciles de controlar en equipos grandes de trabajo.
Pero además, hay un factor que muchas veces se pasa por alto: el coste.
El uso de estos productos ha generado históricamente incidencias que impactan directamente en la cuenta de resultados del hotel. La lejía, por ejemplo, ha provocado en numerosas ocasiones daños en prendas de clientes, obligando a las empresas a asumir compensaciones económicas.
En el caso del salfumán y el amoniaco, los riesgos son aún mayores. Quemaduras, irritaciones o la inhalación de vapores —especialmente en mezclas peligrosas como lejía y amoniaco— han derivado en bajas médicas y problemas de salud para el personal.
Esto no solo afecta a la seguridad, sino también a la operativa y a los costes laborales.
En un entorno donde todo debe ser seguro, estandarizado y repetible, este tipo de productos deja de tener sentido como herramienta habitual.
Por eso han sido sustituidos por productos específicos, diseñados para cada superficie, con sistemas de dosificación y con un nivel de riesgo mucho más bajo.
No existe una ley que prohíba directamente la lejía, el amoniaco o el salfumán en hoteles. Pero el conjunto de la normativa ha hecho que su uso tenga que ser puntual, justificado y controlado.

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